La sociedad es así: un día te sientes famoso y al otro no te reconoce ni tu madre.
Cualquier persona conoce algún caso del típico personaje estricto con sus cosas, que no pasa por el aro de sus congéneres cercanos. Una de esas personas acusadas de nunca ceder ni para dónde tomar las cañas. Serio, con pocos amigos, y generalmente no el más carismático de ellos. Una de esas personas con apariencia de tozudas, de quien se espera que siempre te lleve la contraria, le propongas lo que le propongas.
Quizá hay que ser así con muchas personas. No el estar malhumorado, excepto con quien se merezca cambiar, sino el buscar lo que uno ve mejor en vez de dejarse llevar por los demás*.Porque hay amistades que duran, pero también las hay que caen como las hojas. Se acaba el verano, y adiós muy buenas. Y los hay que dicen "pero nos lo pasamos bien en aquel entonces, ¿eh?". Ya. "Fue bonito mientras duró". Anda y no me jodas.
Creo que no soy el único que vive en el presente, que le da igual lo amigos que hayamos sido si hoy no podemos hablar de mucho más que del tiempo. Sé que hay veces que es difícil, no soy nada bueno a la hora de pensar de qué hablar con tal persona. Pero lo intento, cuando no siento espaldarazos. Comprendo perfectamente que el tiempo es limitado, y uno tiene que gestionar su ocio y tiempo libre lo mejor posible. Pero también entiendo que cuando se pierde el trato, es que ya no hay apenas interés en esa persona, si no puedes sacar un par de horas de tu agenda de vez en cuando.
Y no tengo rencor, aunque mi forma de decirlo sea así de cruda. Soy el primero que le gusta aprovechar su tiempo, y no perderlo en caritas sonrientes de cartón. Si no hay interés mutuo, pues adiós y muy buenas. Esto es, ante todo, un recordatorio para mí: Mide bien con quien usas tu tiempo. No renuncies a lo que desees, no pienses es sólo hoy. Sé tú mismo, y si no le gusta a alguien, pues dos tareas tiene. Mientras hagas el bien, el que se sienta dado de lado que se quiera menos, que hay otros siete mil millones de humanos que también se merecen tu atención.
Pero también ten cuidado de con quien te juntas. De poco sirve pasárselo bien si mañana se olvidan de ti. Júntate con personas con quien tengas aficiones, ideas, o cuestiones materiales (trabajo, situación económica) en común. Juntarse con gente aleatoria sólo puede aspirar a crear amistades de barrio. De adiós y muy buenas.
Así que no creas que el primero que te sonríe es porque te ve como a un hermano. También hay embaucadores en las amistades. Al final lo que cuenta son los socios que mantienes, y los que te parezcan los más sociales, generalmente serán los que más te dejan en la estacada.
*Y esto conecta con la siguiente entrada: lo que se da por amor y lo que se da por interés.
Palabras crudas y quizá excéntricas de un joven que se cree que piensa mejor que la mayoría y no consigue demostrarse lo contrario: Política, sociedad, crisis económica y moral, y muchos muchos principios e insultos gratuitos.
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sábado, 29 de septiembre de 2012
domingo, 29 de julio de 2012
La escalada
Con frecuencia nos gritamos sin necesidad. Antaño fue una manera de defender nuestro territorio, cuando estábamos en peligro, cuando necesitábamos comer para vivir. Lo hacíamos a la desesperada, cuando no había otra manera de ver el sol al día siguiente.
En el día a día, a veces nos llegan situaciones que parecen querer alterar nuestro cosmos. Quizá una mala palabra, quizá la posibilidad de que nos pase algo a nosotros o a alguien que queremos. ¿A veces son cosas graves? Una de cada diez. Otras muchas son ese tipo de cosas sin importancia que hemos aprendido a valorar solamente para tener alguna preocupación banal en la vida. Para no pensar, quizá, en problemas como por qué no somos lo que queremos, que son bastante más amplios, y vienen a darnos una sensación de falta de control sobre la realidad que nos estresa y nos enerva.
La violencia pacífica es una de esas cosas que nos atemoriza, y no sé bien qué pensar sobre ella. Hay quien ve a dos cachorros jugando a ver quién es más fuerte, o a dos perros no tan cachorros. Está claro cuándo la pelea es a muerte o es simplemente para marcar el territorio (que ya hemos dejado claro que es innecesario generalmente en el ritmo de vida que llevamos en el norte), para entrenarse para el futuro, o simplemente para perder el tiempo. Y sin embargo, ante peleas inofensivas siempre existen dos opciones: "Déjalos que jueguen" o "¡Oye, Chispas, no le hagas eso a tu hermano!"
En el primer caso, ambos aprenden, quizá el que gana más que el que pierde. Cabría pensar: "estamos promocionando la violencia". Puede. Si pensamos que somos más asesinos que defensores de nuestro territorio. Quizá las dos cosas sean la misma, y sin embargo las connotaciones son muy distintas. A uno no lo entendemos, y al otro sí.
En el segundo se impone un orden semejante al que se ve en la biblia, en el que Dios interviene y soluciona los problemas para los pueblos elegidos. Los hombres buenos viven gracias a su Dios, y los hombres malos son castigados. Se castiga la violencia, por ejemplo, quizá con violencia directa, o con toma de poder sobre la persona, pero en cualquier caso un castigo es un tipo de violencia (soy más fuerte que tú, y por eso te impongo esta medida)
Tiene sentido castigar la violencia? A no ser que sea con una huelga de hambre o algo parecido, no lo comprendo. El castigado no puede pensar que es su intención de ser macho alfa la que funciona mal en su entorno, porque hay alguien que lo es y se impone. Si acaso, aprenderá a comportarse mientras este ente superior se pueda enterar de su conducta y castigarlo.
Pero la violencia, es irremediable. La única forma de no llegar a ella es luchar contra la escalada. Tener claro lo que uno quiere y en qué punto empezar a gritar por ello porque no hay más remedio. Vivir como en la sabana, donde pese a la escasez de alimento, los animales se entienden con menos conflictos de los que a nosotros, vulgares humanos chillones, nos parece que debería haber en un sitio tan crudo y desolador. Porque morir por el territorio de uno, no tiene sentido.
En el día a día, a veces nos llegan situaciones que parecen querer alterar nuestro cosmos. Quizá una mala palabra, quizá la posibilidad de que nos pase algo a nosotros o a alguien que queremos. ¿A veces son cosas graves? Una de cada diez. Otras muchas son ese tipo de cosas sin importancia que hemos aprendido a valorar solamente para tener alguna preocupación banal en la vida. Para no pensar, quizá, en problemas como por qué no somos lo que queremos, que son bastante más amplios, y vienen a darnos una sensación de falta de control sobre la realidad que nos estresa y nos enerva.
La violencia pacífica es una de esas cosas que nos atemoriza, y no sé bien qué pensar sobre ella. Hay quien ve a dos cachorros jugando a ver quién es más fuerte, o a dos perros no tan cachorros. Está claro cuándo la pelea es a muerte o es simplemente para marcar el territorio (que ya hemos dejado claro que es innecesario generalmente en el ritmo de vida que llevamos en el norte), para entrenarse para el futuro, o simplemente para perder el tiempo. Y sin embargo, ante peleas inofensivas siempre existen dos opciones: "Déjalos que jueguen" o "¡Oye, Chispas, no le hagas eso a tu hermano!"
En el primer caso, ambos aprenden, quizá el que gana más que el que pierde. Cabría pensar: "estamos promocionando la violencia". Puede. Si pensamos que somos más asesinos que defensores de nuestro territorio. Quizá las dos cosas sean la misma, y sin embargo las connotaciones son muy distintas. A uno no lo entendemos, y al otro sí.
En el segundo se impone un orden semejante al que se ve en la biblia, en el que Dios interviene y soluciona los problemas para los pueblos elegidos. Los hombres buenos viven gracias a su Dios, y los hombres malos son castigados. Se castiga la violencia, por ejemplo, quizá con violencia directa, o con toma de poder sobre la persona, pero en cualquier caso un castigo es un tipo de violencia (soy más fuerte que tú, y por eso te impongo esta medida)
Tiene sentido castigar la violencia? A no ser que sea con una huelga de hambre o algo parecido, no lo comprendo. El castigado no puede pensar que es su intención de ser macho alfa la que funciona mal en su entorno, porque hay alguien que lo es y se impone. Si acaso, aprenderá a comportarse mientras este ente superior se pueda enterar de su conducta y castigarlo.
Pero la violencia, es irremediable. La única forma de no llegar a ella es luchar contra la escalada. Tener claro lo que uno quiere y en qué punto empezar a gritar por ello porque no hay más remedio. Vivir como en la sabana, donde pese a la escasez de alimento, los animales se entienden con menos conflictos de los que a nosotros, vulgares humanos chillones, nos parece que debería haber en un sitio tan crudo y desolador. Porque morir por el territorio de uno, no tiene sentido.
viernes, 1 de junio de 2012
La felicidad estética
Veo un criterio para clasificar la forma de observar la felicidad: El sentido que tiene en la dirección Yo-Mundo. La felicidad intrínseca, o metafísica, o filosófica, la que arranca de nosotros a través de un razonamiento. Quizá la felicidad racional. Y la felicidad estética, la que captamos del mundo independientemente de lo que nos muestra, la que nos transmite las apariencias que observamos.
Leyendo a Eduard Punset: "La felicidad se esconde en la sala de espera de la felicidad. [...] La belleza es [...] la ausencia de dolor, o la ausencia de recuerdos de dolor." Estas frases me han hecho darme cuenta de cuánto he avanzado en este largo camino de búsqueda de ese sereno júbilo.
No ha mucho tiempo, decía que la diosa de la felicidad era una buena diosa, que colmaba con sus poderes a sus acólitos hasta su saciedad, sólo con una condición: La diosa de la felicidad es celosa, celosísima. Si en algún momento observa que valoras algo aparte de ella, te hará darte cuenta de tu error dejándote a solas con ello. He aquí un ejemplo de felicidad racional.
Pero no dejaba de ser un engaño el no valorar nada a excepción de la felicidad: Un cuerpo humano no puede renunciar eternamente al mundo y ser feliz. Y un ser feliz no tendría por qué renunciar al mundo.
Si en aquel entonces era una sensación de seguridad la que me daba esta idea, ahora sin duda es libertad lo que siento. Con esta felicidad racional, vivía en un mundo que no me daba belleza, que no me daba alegría. Me sentía como un ferviente beato rodeado de salvajes. No podía evitar pensar que la felicidad no era mi mundo, sino sólo un pequeño reducto en mi corazón.
Punset tiene la clave, en parte: Son los recuerdos dolorosos lo que nos atormentan, lo que nos impiden disfrutar de la vida por bien que la organicemos. No se trata de no recordarlos, porque es imposible. Se trata de hacer las paces con el fantasma de las navidades pasadas.
Nuestra experiencia nos condiciona, todo lo que observamos lo juzgamos en función de lo que hemos vivido, y es por eso que, de forma irracional, trasladamos nuestros recuerdos dolorosos al presente. Bien dicen que, quitando cuatro problemas que vistos de una manera bastante razonable son necesarios, cualquier situación se soluciona enfrentándose a ella sin miedo y tomando las precauciones necesarias que podamos hasta derrotarla.
Y efectivamente, los tiempos cambian, y grandes problemas del ayer los solucionamos. Y no sólo eso, sino que algunas veces, incluso nos damos cuenta de que no eran tan graves. Miren cuántas personas han odiado e intenten pensar en una experiencia parecida a la de éstas que hayan vivido ustedes. Dirán, no, lo hizo sin ningún derecho, cuando yo me comporté de forma parecida tenía mis razones.
No se engañen. La mayoría (como mínimo) de los miedos y rencores que tenemos no son tan graves. El mundo no ha sido tan injusto con nosotros. No, aquello no era un derecho quebrantado. No, aquello otro no fue una cuestión de crueldad. Hagan las paces con ustedes y con sus viejos enemigos, que si la vida son tres días, llueva o nieve sonría.
Leyendo a Eduard Punset: "La felicidad se esconde en la sala de espera de la felicidad. [...] La belleza es [...] la ausencia de dolor, o la ausencia de recuerdos de dolor." Estas frases me han hecho darme cuenta de cuánto he avanzado en este largo camino de búsqueda de ese sereno júbilo.
No ha mucho tiempo, decía que la diosa de la felicidad era una buena diosa, que colmaba con sus poderes a sus acólitos hasta su saciedad, sólo con una condición: La diosa de la felicidad es celosa, celosísima. Si en algún momento observa que valoras algo aparte de ella, te hará darte cuenta de tu error dejándote a solas con ello. He aquí un ejemplo de felicidad racional.
Pero no dejaba de ser un engaño el no valorar nada a excepción de la felicidad: Un cuerpo humano no puede renunciar eternamente al mundo y ser feliz. Y un ser feliz no tendría por qué renunciar al mundo.
Si en aquel entonces era una sensación de seguridad la que me daba esta idea, ahora sin duda es libertad lo que siento. Con esta felicidad racional, vivía en un mundo que no me daba belleza, que no me daba alegría. Me sentía como un ferviente beato rodeado de salvajes. No podía evitar pensar que la felicidad no era mi mundo, sino sólo un pequeño reducto en mi corazón.
Punset tiene la clave, en parte: Son los recuerdos dolorosos lo que nos atormentan, lo que nos impiden disfrutar de la vida por bien que la organicemos. No se trata de no recordarlos, porque es imposible. Se trata de hacer las paces con el fantasma de las navidades pasadas.
Nuestra experiencia nos condiciona, todo lo que observamos lo juzgamos en función de lo que hemos vivido, y es por eso que, de forma irracional, trasladamos nuestros recuerdos dolorosos al presente. Bien dicen que, quitando cuatro problemas que vistos de una manera bastante razonable son necesarios, cualquier situación se soluciona enfrentándose a ella sin miedo y tomando las precauciones necesarias que podamos hasta derrotarla.
Y efectivamente, los tiempos cambian, y grandes problemas del ayer los solucionamos. Y no sólo eso, sino que algunas veces, incluso nos damos cuenta de que no eran tan graves. Miren cuántas personas han odiado e intenten pensar en una experiencia parecida a la de éstas que hayan vivido ustedes. Dirán, no, lo hizo sin ningún derecho, cuando yo me comporté de forma parecida tenía mis razones.
No se engañen. La mayoría (como mínimo) de los miedos y rencores que tenemos no son tan graves. El mundo no ha sido tan injusto con nosotros. No, aquello no era un derecho quebrantado. No, aquello otro no fue una cuestión de crueldad. Hagan las paces con ustedes y con sus viejos enemigos, que si la vida son tres días, llueva o nieve sonría.
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